El infierno de Singra en los partes de José del Barrio: Logística rota y el bautismo de fuego de la 123ª Brigada (Enero-Febrero de 1938)

Introducción: Más allá del frente, los papeles del Mando

Cuando reconstruimos la memoria de nuestros familiares en el frente, solemos movernos entre la niebla de los recuerdos orales y las frías estadísticas de las fichas de revista. Sin embargo, adentrarse en el archivo personal de José del Barrio, comandante de la 27ª División —consultado recientemente en el CRAI de la Universitat de Barcelona—, nos permite levantar las corazas de la historia oficial y leer la crudeza de lo que ocurrió entre el 20 y el 30 de enero de 1938 en el sector turolense de Singra.

Aquellos días de hielo, piedra caliza y plomo marcaron un punto de inflexión absoluto para la 123ª Brigada Mixta, la unidad donde combatía Perico. Los informes mecanografiados redactados por Del Barrio no ocultan nada: ni los fallos logísticos, ni la trampa mortal del terreno, ni la pavorosa contabilidad de bajas.

1. El caos en la carretera: El calvario del transporte y la aviación

El desplazamiento de la brigada desde sus acantonamientos en Aragón hasta la zona de operaciones de Argente, Visiedo y Camas (iniciado en torno al 20 de enero de 1938) fue un tormento logístico desde el primer minuto. El Mando prometió una flota de 215 camiones que nunca llegó a organizarse con eficacia.

En sus informes, Del Barrio denuncia sin ambages la precariedad con la que se movieron los batallones:

«La falta de transporte trajo consigo que sufrieran los traslados de noche [...] con las consecuencias obligadas por la aviación enemiga [...] que contempló y ametralló las columnas [...], por lo cual se produjeron no pocas bajas entre los conductores de camiones».

«Eso origina un sinfín de inconvenientes, poco descanso, averías y accidentes, sin contar con la poca organización, disciplina de los chóferes de los Batallones de Transporte y la inexistencia real de mapas».

Para la tropa en la que servía Pedro, esto significó llegar al punto de ataque agotados, sin pertrechos suficientes y habiendo sufrido los primeros ataques aéreos en los propios vehículos antes de pisar la línea de fuego.

2. El "terreno trampa" de Singra: Caliza, tanques rotos e infantería desamparada

Entre el 23 y el 25 de enero, la 123ª Brigada Mixta desató su ataque en vanguardia frente a las líneas enemigas. Aunque la infiltración inicial se ejecutó con una disciplina ejemplar en la oscuridad —«marchando de noche y en el más riguroso silencio a las 2 h. 30 de la madrugada»—, al despuntar el día el escenario se convirtió en una ratonera:

«El terreno en el que operó la 123ª fue de un carácter sumamente accidentado y de duro piso de roca y caliza, apenas deformable [...] para los nuestros constituía una trampa mortal. Los tanques solo se podían mover con parsimonia, dado el campo escarpado y escabroso expuesto al fuego continuo».

El apoyo acorazado se reveló como un espejismo insostenible por el mal estado del material:

«Hemos actuado con 15 tanques, pero en ningún momento los tanques han respondido a las acciones a realizar [...] por tener un material tan deteriorado [...] En realidad se ha tenido una "masa" de tanques para operar, pero cuando debían salir contra el enemigo se averiaban algunos en plena marcha, y a veces todos».

La infantería republicana quedó aislada frente a la aplastante superioridad de los medios enemigos:

«Carecíamos de aviación, la munición no llegó a tiempo. Nuestra infantería estuvo enteramente desamparada [...] La infantería al completo, sin el apoyo de artillería ni aviación, avanzaba bajo una verdadera lluvia de metralla».

A pesar de soportar un auténtico «machaqueo de la masa aérea enemiga», los hombres de la brigada lograron romper las líneas, cortar la carretera de Teruel a Zaragoza y alcanzar las orillas del río Jiloca antes de recibir la orden de repliegue táctico.

3. El balance de la masacre: 1.000 bajas y el coste de la 123ª

El 30 de enero de 1938, desde su puesto de mando en Albuñán, José del Barrio cerraba su informe con una cifra escalofriante que retrata la magnitud de la carnicería:

«Hemos tenido cerca de 1.000 bajas entre muertos, heridos y extraviados. De éstos, 3/4 partes han correspondido a la 123ª Brigada, que fue la que llevó la peor parte en las operaciones de Singra y en la defensa de las líneas del frente».

Tres de cada cuatro bajas de toda la división recayeron sobre la brigada de Perico (unas 750 bajas). Una sangría colosal que diezmó las compañías y dejó descabezada la estructura de mandos intermedios.

4. La lección del desastre: El informe del 25 de febrero y el nacimiento del nuevo cuerpo de motorizados

Un mes después de la batalla, el 25 de febrero de 1938, Del Barrio firmaba un informe de balance analizando las causas de las deficiencias tácticas. En él señalaba un factor crítico:

«Las deficiencias observadas en la coordinación de las distintas armas [...] se han debido principalmente a la falta de ejercitación conjunta previa y a las dificultades del terreno [...] que impidió la rápida transmisión de órdenes mediante los servicios de enlace».

Este diagnóstico oficial explica de manera milimétrica la evolución biográfica de combatientes como mi tío Perico. El Mando comprendió que sin una red de enlaces, transmisiones y motorizados rápida, disciplinada y dirigida por hombres de absoluta confianza, las unidades quedaban ciegas y desconectadas frente a la artillería.

Sobrevivir a la carnicería de Singra siendo soldado de segunda no fue solo cuestión de suerte; fue el crisol donde se forjó la veteranía necesaria para asumir galones de responsabilidad. Meses después, en la primavera de 1938, aquel batallón destrozado en la piedra de Teruel encontraría en sus veteranos supervivientes —ahora elevados a cabos y sargentos de motorizados— el esqueleto indispensable para afrontar el final de la guerra. 


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