Éramos como de la familia en la cocina. Comíamos allí. Aparte de nosotros, había también un cocinero como principal y a más a más unas seis o siete mujeres que hacían de ayudantes de cocina. Había entre ellas vascas, otras catalanas, otras aragonesas. Entre los hombres, vascos, asturianos, catalanes de Barcelona, Badalona, Lérida y un servidor de Sant Feliu de Llobregat. Entre todos repartíamos las tres comidas al día, mañana, o sea el almuerzo y noche, a todos los refugiados.
Foto de grupo: Salvador sentado abajo a la derecha de la foto, el resto de chavales, la "jefa" y el resto de trabajadoras e internas que quisieron posar. Foto del archivo familiar.
La cocina estaba situada en medio de la nave grande y vieja. La nave estaba dividida en tres partes: la parte donde dormíamos, la cocina y al otro extremo, la nueva nave donde más tarde nos trasladaron. Habían instalado un gran depósito de agua de unos 8 metros de altura que por mediación de un motor llevaba el agua del río al depósito. De allí por una tubería, iba a la cocina y nos servía para beber, cocinar y lavar los utensilios. Por debajo del depósito había una pequeña calle que llevaba a una pequeña pocilga donde se criaban cerdos con los restos de comida que les llevábamos y que servían después para alimentarnos.
Hubo una modificación al entrar la nueva dirección, que eran de origen español, por cierto de Murcia y de Lorca. Aquella jefa tan valiente y respetable escogió a los más necesarios y entre ellos estaba yo y otro llamado Monet o Malet. Nos cuidábamos de encender el fuego por la mañana y ya duraba para las tres comidas del día. Una de las cosas que mandaba la gobernanta era que la leche que íbamos a buscar a la estación no se hervía hasta la noche, y al día siguiente había en la caldera un grueso de nata tremendo, que con azúcar era un almuerzo de lo más delicioso ! Por ir a buscar la leche a la estación por la mañana, tanto si llovía como si nevaba, nos tocaba a nosotros ahora deleitarnos.
Foto tomada de aquí. Imaginemos lo mismo pero en un caldero de muchos litros de capacidad. Muchas mañanas, como nos tocaba esperar en la estación que llegara la leche, veíamos que había unos nogales enormes, muy altos y cuando hacía viento iban cayendo las nueces. Nosotros, creyendo que no íbamos a perjudicar a nadie, cogíamos algunas. Pero un día, la jefa de la estación que debía estar más que cabreada, sale a nuestro encuentro tratándonos de cerdos y marranos en francés: "Bande de salops et cochons !". Ya no volvimos a tocar ninguna. Solo recuerdo la cara furiosa de aquella mujer.
Notas de la investigación
Los refugiados españoles de la "Retirada" (febrero de 1939) que fueron confinados en los campos de concentración franceses, como Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien o Barcarès, sufrieron condiciones alimentarias extremas y precarias. La dieta era insuficiente y de muy mala calidad, basada principalmente en: Sopa de verduras diluida: Era el alimento principal, a menudo descrita como agua caliente con restos de verduras, repartida diariamente. Pan: Se distribuía un trozo de pan por persona al día. Café: A menudo se servía una taza de café muy aguado. Conservas y carne cruda: En ocasiones puntuales se repartían latas de conserva o carne cruda de dudosa calidad. Cocina precaria: Debido a la falta de utensilios, la comida se cocinaba a menudo en latas grandes utilizando agua de mar. Escasez extrema: Muchos refugiados pasaron los primeros días sin comer, buscando agua en agujeros en la arena. Esta situación provocó la aparición de un mercado negro dentro de los campos para conseguir alimentos mejor calidad, utilizando el dinero enviado por amigos o familiares. Además, organizaciones como los cuáqueros británicos distribuyeron ayuda humanitaria, comida y ropa para paliar el hambre.
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